Tú no lo conociste[1]. Se lo llevaron antes de que tú vinieras. De él
aprendí la nobleza. Como ves, la tabla con su nombre sigue siempre sobre
el pesebre que fué suyo, en el que están su silla, su bocado y su
cabestro.
YgQué ilusión cuando entró en el corral por vez primera, Platero! Era
marismeño y con él venía a mí un cúmulo de fuerza, de vivacidad, de
alegría. ¡Qué bonito era! Todas las mañanas, muy temprano me iba con él
ribera abajo y galopaba por las marismas levantando las bandadas de
grajos que merodeaban por los molinos cerrados. Luego, subía por la
carretera y entraba, en duro y cerrado trote corto, por la calle Nueva.
Una tarde de invierno vino a mi casa monsieur Dupont, el de las bodegas
de San Juan, su fusta en la mano. Dejó sobre el velador de la salita
unos billetes y se fué con Lauro[2] hacia el corral. Después, ya
anocheciendo, como en un sueño, ví pasar por la ventana a monsieur
Dupont con Almirante enganchado en su _charret_[3], calle Nueva arriba,
entre la lluvia.
No sé cuántos días tuve el corazón encogido. Hubo que llamar[4] al
médico y me dieron bromuro y éter y no sé qué más, hasta que el tiempo,
que todo lo borra[5], me lo quitó del pensamiento, como me quitó a
_Lord_[6] y a la niña también, Platero.
Sí, Platero. ¡Qué buenos amigos hubierais[7] sido Almirante y tú!
aprendí la nobleza. Como ves, la tabla con su nombre sigue siempre sobre
el pesebre que fué suyo, en el que están su silla, su bocado y su
cabestro.
YgQué ilusión cuando entró en el corral por vez primera, Platero! Era
marismeño y con él venía a mí un cúmulo de fuerza, de vivacidad, de
alegría. ¡Qué bonito era! Todas las mañanas, muy temprano me iba con él
ribera abajo y galopaba por las marismas levantando las bandadas de
grajos que merodeaban por los molinos cerrados. Luego, subía por la
carretera y entraba, en duro y cerrado trote corto, por la calle Nueva.
Una tarde de invierno vino a mi casa monsieur Dupont, el de las bodegas
de San Juan, su fusta en la mano. Dejó sobre el velador de la salita
unos billetes y se fué con Lauro[2] hacia el corral. Después, ya
anocheciendo, como en un sueño, ví pasar por la ventana a monsieur
Dupont con Almirante enganchado en su _charret_[3], calle Nueva arriba,
entre la lluvia.
No sé cuántos días tuve el corazón encogido. Hubo que llamar[4] al
médico y me dieron bromuro y éter y no sé qué más, hasta que el tiempo,
que todo lo borra[5], me lo quitó del pensamiento, como me quitó a
_Lord_[6] y a la niña también, Platero.
Sí, Platero. ¡Qué buenos amigos hubierais[7] sido Almirante y tú!