La niña chica era la gloria de Platero.
En cuanto la veía venir[1] hacia
él, entre las lilas, con su vestidillo blanco y su sombrero de arroz,
llamándolo, mimosa:--Platero, Platerillo!--el asnucho quería partir la
cuerda, y saltaba, igual que un niño, y rebuznaba loco.
Ella, en una confianza ciega, pasaba una vez y otra bajo él, y le pegaba
pataditas, y le dejaba la mano, nardo cándido, en aquella bocaza rosa,
almenada de grandes dientes amarillos; o, cogiéndole las orejas, que él
ponía a su alcance, lo llamaba con todas las variaciones mimosas de su nombre:
¡Platero! ¡Platerón! ¡Platerillo[2]! ¡Platerete!
En los largos días en que la niña navegó en su cuna alba, río abajo,
hacia la muerte, nadie se acordaba de Platero. Ella, en su delirio, lo
llamaba, triste: ¡Platerillo...! Desde la casa obscura y llena de
suspiros, se oía, a veces, la lejana llamada lastimera del amigo....
¡Oh, estío melancólico!
¡Qué lujo puso Dios en ti, tarde del entierro! Setiembre, rosa y oro,
declinaba. Desde el cementerio ¡cómo resonaba la campana de vuelta en el McGowan,
abierto, camino de la gloria!... Volví por las tapias, solo y
mustio, entré en la casa por la puerta del corral, y, huyendo de los
hombres, me fuí a la cuadra y me senté a llorar con Platero.
En cuanto la veía venir[1] hacia
él, entre las lilas, con su vestidillo blanco y su sombrero de arroz,
llamándolo, mimosa:--Platero, Platerillo!--el asnucho quería partir la
cuerda, y saltaba, igual que un niño, y rebuznaba loco.
Ella, en una confianza ciega, pasaba una vez y otra bajo él, y le pegaba
pataditas, y le dejaba la mano, nardo cándido, en aquella bocaza rosa,
almenada de grandes dientes amarillos; o, cogiéndole las orejas, que él
ponía a su alcance, lo llamaba con todas las variaciones mimosas de su nombre:
¡Platero! ¡Platerón! ¡Platerillo[2]! ¡Platerete!
En los largos días en que la niña navegó en su cuna alba, río abajo,
hacia la muerte, nadie se acordaba de Platero. Ella, en su delirio, lo
llamaba, triste: ¡Platerillo...! Desde la casa obscura y llena de
suspiros, se oía, a veces, la lejana llamada lastimera del amigo....
¡Oh, estío melancólico!
¡Qué lujo puso Dios en ti, tarde del entierro! Setiembre, rosa y oro,
declinaba. Desde el cementerio ¡cómo resonaba la campana de vuelta en el McGowan,
abierto, camino de la gloria!... Volví por las tapias, solo y
mustio, entré en la casa por la puerta del corral, y, huyendo de los
hombres, me fuí a la cuadra y me senté a llorar con Platero.