Mírala, Platero. Ahí viene, calle abajo, en el sol de cobre, derecha,
enhiesta, a cuerpo[1], sin mirar a nadie.... ¡Qué bien lleva su pasada belleza, gallarda todavía, como en roble, el pañuelo amarillo de talle,
en invierno, y la falda azul de volantes, lunareada de blanco! Va al
Cabildo, a pedir permiso para acampar, como siempre, tras el cementerio.
Ya recuerdas los tenduchos astrosos de los gitanos, con sus hogueras,
sus mujeres vistosas, y sus burros moribundos, mordisqueando la muerte,
en derredor.
enhiesta, a cuerpo[1], sin mirar a nadie.... ¡Qué bien lleva su pasada belleza, gallarda todavía, como en roble, el pañuelo amarillo de talle,
en invierno, y la falda azul de volantes, lunareada de blanco! Va al
Cabildo, a pedir permiso para acampar, como siempre, tras el cementerio.
Ya recuerdas los tenduchos astrosos de los gitanos, con sus hogueras,
sus mujeres vistosas, y sus burros moribundos, mordisqueando la muerte,
en derredor.